27 de Marzo del 2026
Alicia Ortega
Radicalización digital
La machosfera: negocio, misoginia y política en la construcción de una masculinidad extrema
La machosfera: negocio, misoginia y política en la construcción de una masculinidad extrema
Aumento de los discursos de odio en jóvenes.
Composición APU

Un documental de Netflix revela cómo influencers convierten la frustración de varones adolescentes en contenido viral y rentable, con discursos que promueven odio, desinformación y una visión autoritaria de las relaciones. El fenómeno conecta con la retórica conservadora y figuras como Donald Trump.

El documental “Louis Theroux: Dentro de la machosfera” comienza con una escena que sintetiza el fenómeno. Varios influencers celebran que serán entrevistados, hasta que descubren que el periodista es Louis Theroux. La reacción es inmediata: lo ridiculizan y lo atacan. “Seguro va a ser un documental contra nosotros”, dicen, mientras lanzan frases como que es “tan progre que su mujer seguro lo hace orinar sentado”. Ese desprecio no es anecdótico: es el tono dominante de la llamada machosfera.

La machosfera —o manosphere— es un entramado digital de creadores de contenido, foros y comunidades que difunden ideas anti feministas, misóginas y anti-LGBTI. Según el Institute for Strategic Dialogue, este ecosistema se expandió globalmente en redes sociales, con discursos que presentan a los hombres como víctimas de una supuesta pérdida de poder frente a mujeres y diversidades.

El documental muestra cómo ese universo se monetiza. En Marbella, Harrison Sullivan se presenta como mentor de jóvenes: enseña a “ganar dinero” y a ser “hombres de verdad, no chicos afeminados y débiles”. Administra grupos de Telegram con más de medio millón de seguidores, promueve contenido sexual y ofrece asesoramiento financiero. Sin embargo, sostiene una doble moral explícita: afirma que si tuviera una hija que hiciera OnlyFans “la renegaría”, y que si su hijo fuera gay “lo rechazaría”.

El contenido no es solo discursivo: también es performático y extremo. Sullivan admite que llegó a grabarse mientras una mujer le practicaba sexo oral “por contenido”. En paralelo, otros influencers combinan fitness, coqueteo y teorías conspirativas, humillando públicamente a personas o generando situaciones violentas para viralizar sus videos. La lógica es clara: escalar en visibilidad para vender productos, cursos o suscripciones.

En Miami, considerado uno de los núcleos de la machosfera, la escena se vuelve más explícitamente política. Figuras como Justin Waller, con millones de seguidores, articulan discursos que mezclan negocios, masculinidad y poder. “El hombre nace sin valor y tiene que construirlo”, sostiene, mientras afirma que las mujeres “nacen con ventaja por su belleza”. Defiende modelos de relación donde el varón domina: “yo soy el dictador y tú la subordinada”, se escucha en espacios como el podcast Fresh & Fit, uno de los más influyentes del ecosistema.

Estos discursos no quedan en lo privado. Se conectan con una narrativa política más amplia. Algunos de estos influencers han manifestado vínculos o afinidad con el presidente estadounidense Donald Trump, y replican su retórica confrontativa: rechazo al feminismo, cuestionamiento de derechos, exaltación de valores tradicionales y construcción de enemigos culturales. El documental recoge cómo varios de ellos se reivindican abiertamente “trumpistas” y sitúan su discurso como parte de una batalla cultural.

La llamada “píldora roja” —tomada de la película futurista Matrix— funciona como marco ideológico. Según esta narrativa, los hombres deben “despertar” ante un sistema que supuestamente los oprime. En ese proceso, proliferan frases que naturalizan la desigualdad: “tienen vagina y senos, nacen con valor, no deberían votar”, dicen en uno de los podcasts. A la vez, desprecian a las mujeres —“las gordas son una vergüenza”— mientras las utilizan como recurso para generar contenido y audiencia.

El problema, advierten especialistas, es el impacto en jóvenes. Estudios de Common Sense Media y Ofcom indican que adolescentes varones de entre 13 y 15 años son un público clave para estos contenidos. La arquitectura algorítmica amplifica mensajes extremos, generando comunidades cerradas donde se refuerzan creencias misóginas y conspirativas. En esos espacios, figuras como Sneako difunden ideas como que “ponen cosas en el agua que hacen hombres trans” o que “los LGBT adoran implícitamente al diablo”, combinando desinformación con incitación al odio.

Un informe de la UNESCO sobre violencia digital advierte que la exposición sostenida a discursos de odio puede moldear percepciones y legitimar la discriminación. En paralelo, la American Psychological Association ha señalado que los modelos de masculinidad rígida —basados en dominación y negación emocional— están asociados a mayores niveles de ansiedad, aislamiento y conductas de riesgo.

La machosfera ofrece una narrativa de orden y control. Promete éxito económico, reconocimiento y pertenencia. Pero lo hace a partir de una lógica que simplifica el mundo en enemigos y jerarquías.

La contradicción es estructural: mientras critican a la sociedad contemporánea, dependen de ella para amplificar su mensaje. Mientras hablan de valores tradicionales, construyen negocios basados en la exposición, el conflicto y la sexualización.

En definitiva, la machosfera no es solo un fenómeno cultural o digital. Es también político. Y su crecimiento plantea una pregunta urgente: qué tipo de masculinidad se está ofreciendo a las nuevas generaciones, y a qué costo social.