Familiares de personas privadas de libertad sufren durante las visitas en la cárcel departamental de Piedra de los Indios. Un padre contó al Portal APU.Uy lo que implica ir a ver a su hijo, aunque pese a todo, no falta ni un jueves.
Nadie está preparado para imaginar que algún día tendrá que visitar a un hijo, un hermano o un ser querido en una cárcel. Sin embargo, para muchas familias esa situación se convierte en una realidad que deben afrontar semana tras semana. En la cárcel departamental de “Piedra de los Indios”, de Colonia, los familiares de las personas privadas de libertad cuentan con un espacio para las visitas, que consiste en un techo a dos aguas, y un muro que no llega a ser pared. Cuando llueve, hace frío o sopla el viento, el lugar se transforma en tortura.
Miguel —nombre utilizado para preservar su identidad— tiene a su hijo privado de libertad. Nunca imaginó que una situación así pudiera atravesar a su familia, pero desde entonces no falta a las visitas.
Además de acompañarlo, lleva alimentos y otros elementos que considera necesarios. “En la cárcel el almuerzo es agua con fideos y a la noche lo que queda, con menos fideos aún”, relató al Portal APU.Uy de acuerdo a lo que le cuenta su hijo.
En cada visita llega cargado con galletitas, salsa de tomate, latas de atún, yerba y otros productos, para su hijo. También va con frazadas y acolchado para envolverse él y el muchacho para mitigar las bajas temperaturas.
Pero el frío no es la única preocupación. “Es insoportable estar ahí. Cuando llueve y hay un poco de viento nos empapamos”, contó.
La situación genera una angustia que trasciende el momento de la visita. Miguel asegura que su principal preocupación es qué ocurrirá con su hijo durante el tiempo que permanezca privado de libertad y si las condiciones de reclusión contribuirán a su recuperación, porque está ahí por robar para drogarse (enfermo de adicción). “No sé si mi hijo va a salir mejor o peor de lo que entró”, reflexionó.
Según su relato, la presencia de drogas dentro del establecimiento y la falta de alternativas de rehabilitación son parte de sus mayores preocupaciones. A esto se suman las condiciones edilicias que, asegura, se agravan durante los días de lluvia. “Cuando llueve corre el agua, se le moja el colchón y la ropa, y duerme sentado, me contó y le creo por cómo lo veo".
Detrás de cada persona privada de libertad existe una familia que también atraviesa las consecuencias de la prisión. Padres, madres, parejas e hijos que llegan a las visitas con alimentos, ropa y abrigo, pero también con la incertidumbre de no saber en qué condiciones encontrarán a su ser querido.
La historia de Miguel pone sobre la mesa una realidad que pocas veces trasciende los muros de una cárcel: el impacto de la privación de libertad también alcanza a quienes están afuera.


