01 de Abril del 2022
Roberto Saban
Marzo, mes de la mujer. Con la historiadora Clara Elisa von Sanden
Los secretos de la esposa y de la hija de José ¨Pepe¨ Batlle. La biblioteca de las dos
Equipo de historiadoras e investigadoras del Museo Histórico Nacional
Equipo de investigadoras e historiadoras del Museo Histórico Nacional en la Quinta de José Batlle y Ordoñez

Madre e hija compartían los viajes, los libros y las tertulias en la quinta de Piedras Blancas, acompañando a José Batlle y Ordoñez

Ha abierto al público -luego de años de reformas- la Quinta de los Batlle en Piedras Blancas, con la exposición ¨DE ELLAS DOS¨. Una muestra de objetos y de la biblioteca que perteneció a Ana Amalia Batlle (1894-1913) y a Matilde Pacheco (1854-1926). Entrevistamos para el Portal APU.uy a una de las integrantes del equipo curatorial, Clara Elisa von Sanden.

 

Roberto Saban: ¿Cómo ha sido tu formación académica y que áreas de investigación te ocupan en el Museo Histórico Nacional?.

Clara Elisa von Sanden: Mi formación académica ha tenido base en la Universidad de la República. Soy Licenciada en Ciencias Históricas y maestranda en Ciencias Humanas opción Historia Rioplatense en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. En el museo formo parte de un equipo de investigadores que trabaja en la curaduría de diversas exposiciones, elaboración de textos de divulgación, tareas de documentación e inventario, actividades educativas y proyectos de investigación.

Al tratarse de un museo dedicado al ambiente nacional, la Historia del Uruguay en una larga duración suele ser nuestro tronco principal, sin embargo, es muy amplia la serie de cruces con diversas temáticas y perspectivas en las que estamos trabajando. Enfoques teórico metodológicos relativamente novedosos como el trabajo con fuentes iconográficas o las nuevas lecturas sobre cartografía histórica guiaron el trabajo en exposiciones recientes. Nos importa también generar equipos interdisciplinarios y trabajar desde el inicio de los proyectos integrando la dimensión educativa, los aspectos museográficos, y la participación de estudiosos en los temas en particular de que se vaya a tratar una exposición, y en ese espacio de intercambio la labor de los y las investigadores de planta del museo es vital.

Se apuesta a que el Museo Histórico Nacional sirva como un nexo para dar a conocer al público general (ese concepto abstracto que reúne tan variados públicos en realidad) los avances y actualizaciones de la investigación académica, tanto en Historia como en otras ciencias humanas. Por eso, el vínculo con otras instituciones y personas, trascendiendo al museo en sí, es tan importante.

También me he formado en conservación de fotografía patrimonial y trabajo por eso junto al equipo del Taller de Restauración del museo en el tratamiento de algunas piezas y proyectos de conservación específicos.

En lo relacionado a esta exposición en particular, he coordinado junto con Carolina Luongo y Lucía Mariño el equipo de curaduría, un grupo mayoritariamente femenino entre quienes trabajamos en el museo, que se había encargado de planificar una exposición con el mismo nombre, un poco más pequeña, que se montó en mayo de 2019 en el teatro Macció de San José. Este equipo de trabajo se propuso desde hace ya más de un año actualizar, ampliar y adaptar aquella propuesta al espacio de la Quinta de los Batlle, que es donde vivieron y tuvieron su biblioteca las protagonistas de esta exposición.

RS: ¿Cuáles son los aspectos de la personalidad, del entorno familiar y social que revelan los títulos de la biblioteca de estas dos mujeres?

CEvS: No tenemos muchos otros ejemplos con que comparar esta colección, por lo menos otros que se hallen en manos públicas en Uruguay: la biblioteca presumiblemente casi completa, con sus muebles incluidos, de dos mujeres uruguayas del novecientos, madre e hija.

No es llamativo que tuvieran una biblioteca de estas características, ya que el dominio de la lectura, la escritura, la formación en diversas artes y el uso escrito y oral del francés fueron parte de la educación de las niñas y jóvenes de la élite social gobernante, de la segunda mitad del siglo XIX. La creación de una biblioteca por parte de Matilde junto a su hija menor Ana Amalia Batlle Pacheco a inicios del siglo XX se inscribe en la formación que ambas tuvieron. Ana Amalia fue educada bajo esos mismos parámetros, incluyendo la enseñanza musical y la ejecución del piano así como el ejercicio del dibujo, prácticas en las que se destacó.

Pero fueron, a su vez, dos mujeres particulares. Además de ser esposa e hija del presidente en ejercicio durante los años en que José Batlle y Ordóñez ejerció el mando, gozaban de un cierto poder adquisitivo que se nota en el volumen de algunas colecciones o en las características de las ediciones, pero posiblemente no pueden considerarse el estereotipo de las mujeres de clase alta del momento. En primer lugar, porque la historia de Matilde Pacheco la hizo volverse muy resistida entre las mujeres de élite de su época.

Matilde nació en Montevideo en 1854, fue la primera de cuatro hermanos de una familia de élite del Uruguay conformada por Ana Stewart Agell y el Coronel Manuel Pacheco y Obes. Al igual que las demás jóvenes de clase alta de su tiempo se casó tempranamente, a los 18 años de edad, con Ruperto Michaelsson Batlle, con quien tuvo cinco hijos: Matilde Sofía, Ruperto, Juan Luis (fallecido en la juventud), Guillermo y Carlos. La vida marital de Matilde transcurrió de modo corriente hasta 1880, año en que su marido Ruperto viajó a Europa para gestionar una herencia familiar. La ausencia prolongada de su marido es lo que se asocia a un serio quebranto en su salud por el que la familia Batlle (de quien Michaelsson era familiar directo) la apoyó especialmente. Tras regresar de un viaje de estudios en Europa, José Batlle y Ordóñez se dedicó especialmente al cuidado de su prima política, con quien generó un fuerte vínculo. Al concretarse el abandono definitivo por parte de su marido, Matilde inició una nueva relación con José Batlle, que en aquel momento no podía ser legítima por la inexistencia de leyes que habilitaran el divorcio.

Sabemos que en 1885 Matilde y José Batlle y Ordóñez vivían en concubinato porque en ese año se registra el nacimiento de su primer hijo César. El vínculo entre ellos generó un amplio rechazo entre las damas católicas de clase alta, en el marco de otras medidas de secularización que aparecieron ese mismo tiempo como lo fue la  Ley de Conventos y la del Matrimonio Civil Obligatorio. Las organizaciones más dinámicas fueron la Sociedad Filantrópica de Damas Orientales y la Sociedad San Vicente de Paul, las cuales acusaron de apóstata a Matilde. La consideración del matrimonio como un vínculo indisoluble hasta el fallecimiento de uno de sus integrantes, condujo al repudio de la pareja.

Luego de César nacieron cuatro hijos más: Rafael en 1887, Amalia Ana en 1892 (que falleció muy pequeña), Ana Amalia en 1894 y Lorenzo en 1897. En 1894, tras el fallecimiento de Ruperto Michaelsson en Argentina, la pareja pudo concretar el matrimonio civil y José reconocer a sus hijos con el apellido Batlle, debido a que la condición de Matilde como esposa de Michaelsson hizo que sus hijos con Batlle llevaran hasta su viudez el apellido de su primer marido.

El rechazo de las damas católicas se prolongó al despuntar el siglo XX, incluso cuando la figura política de José Batlle y Ordóñez consolidó su protagonismo al asumir la presidencia del Uruguay por el Partido Colorado entre 1903 a 1907.

En 1903, por ejemplo, Matilde realizó una visita protocolar a la Liga uruguaya contra la Tuberculosis, en la que participaban en su mayoría damas católicas y fue únicamente recibida por la Presidente Pepita Reyes de Payssé. Las demás integrantes se negaron a concurrir a la visita en rechazo a su figura, por considerar su matrimonio como “mero concubinato autorizado”.

En ese marco, el perfil de Matilde y el modo en que educó a sus hijos y a Ana Amalia en particular, estuvo probablemente marcado por las circunstancias. Más allá de las lecturas típicamente femeninas que se encuentran en la biblioteca, que incluyen clásicos de la literatura y la filosofía universal, catálogos de arte y colecciones de partituras, debe destacarse especialmente su carácter anticlerical, y lo actualizada que era para su época. Del mismo modo la presencia de varios títulos de divulgación científica, otros relativos a las discusiones sociales de su tiempo respecto a la “cuestión femenina” y guías de viaje o enciclopedias acerca de diversas culturas del globo demuestran una gran cultura general e interés e involucramiento en gran amplitud de temáticas.

RS: ¿Hay dedicatorias, algún manuscrito u objetos que hayan encontrado dentro de los libros y que sean también clave de interpretación?

CEvS: Los libros de la “biblioteca de las dos” como ellas mismas le llamaban, solían tener anotada esa expresión en la primera página, junto con sus nombres y la ubicación: “Matilde Pacheco y Ana Amalia Batlle, Biblioteca de las dos, Piedras Blancas”. En muchos casos anotaban allí también si había sido un regalo o dónde lo habían adquirido, y si el libro ya había sido leído.

En muchos casos conservan a su vez dedicatorias, varias de ellas de los mismos autores, que les escriben en algunos casos incluso valoraciones personales de sus figuras. Domingo Arena, por ejemplo, dedicó a Matilde un ejemplar de su obra Divorcio y matrimonio (1912) que incluía algunos de sus discursos en el parlamento en defensa de un proyecto de ley de divorcio por causa unilateral, con las siguientes líneas: “A mi buena amiga Misia Matilde, la inmarscible”, es decir, la que no se marchita.

En un contexto en que la “cuestión femenina” iba teniendo cada vez más incidencia y debate público, varias mujeres de diferentes culturas políticas reivindicaban nuevos derechos y se sumaban a la causa anticlerical, entre ellas destacaban ya en la década del veinte socialistas, anarquistas y feministas. La figura de Matilde en ese contexto fue especialmente respetada, a juzgar por otras de las dedicatorias que se hallan en su biblioteca. Mercedes Pinto, por ejemplo, una feminista española, escritora y exiliada en el Uruguay en aquellos años dijo sobre lo que representaba Matilde para ella: “Yo veía en ella (...) la triunfadora sagrada de la libertad de conciencia, pregonando el reinado sublime del amor puro…”. En la dedicatoria de su libro Brisas del Teide (1924), le escribía:

“Almas… almas… almas… busca la autora con una luz en la mano como Diógenes… Y he aquí que me dicen que Ud es ‘un alma’, como las quiero yo, que sabe lo que es amor y belleza y Sol y lagrimas… ¡un alma divina! y yo saludo aquí reverente a la señora Da. Matilde Pacheco de Batlle y Ordóñez, como se saluda a todo lo grande y a todo lo santo...! Mercedes Pinto y Armas”.

Otras anotaciones nos dan pauta de la forma en que los libros acompañaron el proceso de enfermedad de Ana Amalia y el duelo de su madre luego de su muerte en 1913. En el libro de André Maurel Un mois à Rome (1910), se lee: “Ana Amalia Batlle Pacheco y Matilde P. de Batlle y Ordóñez. 22 de enero 1913, Piedras Blancas. Este libro se lo regaló el doctor Morelli a Ana dos días antes de su muerte. Biblioteca de las dos”. Tanto en este caso como en muchos que están fechados posteriormente, se observa la intención de Matilde de mantener, completar (con tomos que aún les faltaban) e incluso acrecentar la biblioteca manteniendo el nombre de “Biblioteca de las dos” incluso una década después de la muerte de Ana Amalia.

La presencia de dibujos, notas y flores prensadas (un uso bastante corriente en el novecientos) también nos demuestra materialmente la convivencia de ambas mujeres con los libros, en cuyo interior atesoraban elementos diversos de su cotidianeidad.

RS: ¿Cómo llega Matilde a conocer a ¨Pepe¨ Batlle y cómo era su relación con su hija Ana Amalia?

CEvS: Los primeros indicios que tenemos acerca del vínculo entre Matilde y José se remontan al período en que ella quedó sola en Montevideo por la ausencia de su esposo. José era pariente del primer esposo de Matilde, por eso fue su familia la que la apoyó durante su ausencia. La escasa comunicación e información sobre el derrotero y vuelta al hogar por parte de Ruperto Michaelsson afectó la salud y el estado de ánimo de Matilde, que de acuerdo con el relato de Lorenzo Batlle (tío de su marido) "sufría jaquecas, desmayos y ataques de nervios, que nos hacen pasar a todos malísimos ratos [...] en la Quinta vivía aterrorizada, y creíamos que estando más acompañada lo pasaría mejor, [pero] los ruidos de la calle la ponen fuera de sí, a punto de perder [el] conocimiento, y ver en todo lo que la rodea espectros y vestigios de formas espantables”. Para contribuir a su mejoría Matilde se mudó a la residencia familiar de los Batlle, y dejó al cuidado de su tía Matilde a sus hijos, en la residencia de los Pacheco en el mismo barrio donde se encontraba, la Aguada.

En esas circunstancias José Batlle y Ordóñez cuidó de su prima política, instalado en la casa paterna al regreso de su viaje de estudios, en París a fines de 1880. A comienzos de 1881 la familia consultó tratamientos a distintos médicos al prolongarse su malestar, que en general recomendaban “cambios de aire”. José paseaba con ella, iban al Cerro, a la playa Ramírez, al circo, buscando su mejoría. El estado de Matilde no era raro en esos años. Muchas mujeres de la clase alta sufrían de “histeria”, enfermedad que tenía como cuadro sintomático desmayos, accidentes, desvaríos, ahogos e insomnio. Sin una base orgánica demostrable, la enfermedad era inmune a los tratamientos. Las explicaciones posteriores asociaron esos malestares a las situaciones de angustia o de encierro vividas por muchas mujeres de ese sector social.

El regreso de Ruperto pareció mejorar las cosas, sin embargo la ruina económica condujo nuevamente a la crisis familiar y la enfermedad de Matilde reapareció. La familia de Lorenzo Batlle al igual que en el pasado buscó incidir favorablemente en dar apoyo a Matilde, Ruperto y sus hijos, cuando habían pasado dos años de su regreso. Ruperto perdió su fortuna en el juego y la bolsa, su salud desmejoró por el asma y enfermó de tuberculosis. Lorenzo señalaba sobre su sobrino, en 1883: “Sin nada absolutamente, sin salud, y con una crecida familia; es la situación más desesperada que se pueda imaginar (...) Ruperto piensa ir a pasar una temporada a la campaña de Buenos Aires, en la estancia de Guillermo Stewart, marido de la hermana de Matilde”. Esa fue la última noticia que se registró del paradero de Ruperto hasta su muerte diez años más tarde, en 1893.

De esta primera etapa de su relación son especialmente ilustrativas las palabras que Batle escribió en un diario personal el 15 de septiembre de 1883: “12 de la noche. Hace algún tiempo que he llegado de casa de Matilde. ¡qué mujer Matilde! si fuera novelista, sería mi protagonista. Si fuera pintor, la pintaría. Y si yo fuera capaz de amar y ella no estuviese ligada a otro hombre por un vínculo indisoluble, ¡oh! qué puesto tan alto, tan alto, yo daría en su corazón. Pero no soy nada de esto y una amistad serena y tranquila me la hace apreciar tal vez mejor de lo que lo apreciaría de otro modo.”

Como ya mencionamos, pocos años después su relación se afianzó y formaron una familia en concubinato hasta poder casarse en 1894. De su relación como marido y mujer, existen relatos como los de Domingo Arena, secretario y amigo íntimo de Batlle, que refirió al apoyo de Matilde al “reformismo” que acompañó a su gobierno y política, con estas palabras:

“Todo lo que él hiciera era bueno para ella y merecía su apoyo entusiasta, sin averiguar a dónde llevaría. Identificada totalmente con él, vibraba siempre a su unísono, lo mismo cuando apremiaban las dificultades comunes, que cuando develaban los problemas políticos, o sonaban los llamados de tragedia”.

Parte de los textos personales a los que hemos accedido, algunos en forma indirecta a partir del archivo de Milton Vanger (que conserva la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación) sugieren además una sensibilidad especial de José Batlle con su hija, a quien observaba con curiosidad y contribuía a cuidar, de un modo llamativamente moderno en relación al modelo masculino del novecientos.

Ana Amalia Batlle Pacheco nació el 25 de noviembre de 1894. No era la primera hija mujer que tenía la pareja, porque poco tiempo antes habían perdido a Amalia Ana, fallecida a los 18 meses de edad. Los relatos que se conservan sugieren un vínculo muy cercano con sus padres, que era parte de una mentalidad que estaba cambiando en la percepción y crianza de los niños. En un diario que su padre inició el 4 de abril de 1893, conmemorando el aniversario de seis meses de Ana Amalia, la describía de este modo:

“ Es linda y parece que lo será en adelante, es graciosa, se ríe siempre, tiene aire de bondad y chiquita como es, ya es simpática. Pero ¿es de verdad todo esto? ¿no empiezo ya a cegarme cómo se ciegan todos en mi caso? Quizás. Escribo no obstante lo que siento y lo que me parece verdadero.” Más adelante, relata: “Le mudo a veces el pañal, la pongo de espaldas sobre mis rodillas, la hamaco así, la doy vuelta, la echo sobre el hombro izquierdo y hago descansar la cabeza sobre mi brazo derecho y cuando llega a este punto está casi siempre dormida. Con qué gusto tengo entre mis brazos a esta bolita de carne tan dulce y cuando está despierta tan sonriente y buena”.

Años más tarde, Ana Amalia era descripta como una niña corpulenta y con carácter, que según se recuerda leía mucho. Russell señala de sus características de niña y joven lo siguiente: “infancia y adolescencia corrieron felices, estudiando, leyendo, cultivando sus claras aptitudes artísticas, su gusto para el dibujo y la pintura, su bien timbrada voz en el canto, su sensibilidad para el piano, su apasionada vocación predominante por la historia”.

Luego del viaje, tras un baile en el teatro Solís en abril de 1912, Ana Amalia tuvo los primeros síntomas de tuberculosis. La familia identificó el origen del contagio en el contacto que tuvieron con una persona enferma durante su estancia en Suiza. Poco a poco su salud fue empeorando. Su madre, que conocía de cerca la enfermedad, tras haber perdido a un hijo afectado por ella, se alarmó enseguida. Se recurrió a eminencias médicas locales y extranjeras intentando dar con la cura de una enfermedad que para entonces tenía un alto grado de mortalidad. Entre los contactos que Batlle estableció personalmente en este afán se hallaba un famoso médico alemán llamado Friedrich Friedman, que estaba experimentando con relativo éxito en su país la cura de la tuberculosis a partir de anticuerpos generados por tortugas. La familia fantaseó incluso con llevar a Ana Amalia a Europa a ser tratada, pero para ese entonces la debilidad de la joven lo hizo imposible.

En noviembre de 1912 se logró trasladarla, en barco, hasta una estancia ubicada en las cercanías de Puerto Arazatí, en San José. Batlle anotaba en su diario “nuestra gran esperanza está en el aire puro del campo”. El traslado a Arazatí le costó al presidente una gran tensión política, ya que sus opositores reclamaban su presencia en Montevideo, por lo que debía viajar regularmente. No obstante, él estaba entre los que la acompañaban de cerca en sus padecimientos y tratamientos. En su diario ella relataba que en ocasión de una intervención de pneumotórax por parte del Dr. Morelli, que resultaba muy invasiva y dolorosa, su padre la tomó de las manos: “el pobre papá pálido y bañado en sudor trataba de sonreír y me animaba.”

La muerte de Ana Amalia se produjo finalmente al caer la noche del 24 de enero de 1913, en la Quinta de Piedras Blancas. El acontecimiento sacudió a la sociedad, tratándose de la única hija del presidente en ejercicio. Según se recuerda el velatorio se realizó en la quinta, y partió luego el cortejo en ferrocarril y luego a pie hacia el Cementerio Central, donde reposan sus restos. Las crónicas relatan que fue en esa ocasión la única vez que se vio a José Batlle y Ordóñez llorar en público.

Su madre, que como dictaba la costumbre no acompañó al cuerpo al cementerio, también se quebró emocionalmente tras la pérdida. A dos meses del fallecimiento de Ana Amalia, ella escribió en un diario que había quedado inconcluso acerca de su dolor y del vacío que sentía.

Desde “que no la tengo en nada encuentro gusto. Yendo de un lado para el otro por toda la casa siempre buscándola pero no puedo con la realidad. El día que murió yo me contuve por mi pobre compañero. Creí que Dios me daría fortaleza para sobrellevar tan ruda prueba pero pasan los días y mi dolor es más profundo, mucho más. [...] Se apodera de mí un desaliento y una indiferencia que no puedo con ella. No tengo más cariño en el mundo que el de mi hija pero [tu padre] en cambio tiene la política y [...] tiene ambiciones, no particulares pero sí por el bien de la patria. Yo no tengo más ambición que su cariño y el de mis hijos y pasar lo mejor que se puede los pocos días de nuestra vida”.

RS: Tu especialidad es la historia de la fotografía, ¿Cuáles son las fotos de este acervo familiar que te han interesado más y por qué?

CEvS: Es necesario aclarar que las fotografías que este fondo incluye son numerosas y variadas, tanto en sus contenidos como técnicas, formato, orígenes y tratamiento. Se conservan piezas pequeñas individuales como postales recibidas de diversos seguidores, algunas de ellas con fotografías de los recorridos de Batlle por el país, inauguración de obras o fiestas, recibimiento por parte de grupos locales, como la de la visita de Matilde al Comité de Damas Maragatas, que puede observarse en la exposición, una fotografía dedicada a Batlle por el fotógrafo Chabalgoity.

Pero existen a la vez varias piezas de gran formato, tanto del registro de obras públicas como retratos familiares. Es especialmente destacable el retrato de Ana Amalia y Matilde que hemos restaurado para la exposición, una fotografía de grandes dimensiones, llamativa para su época, firmada por Buscasso y producida seguramente hacia 1911, en la que se basa en gran parte el retrato pictórico de ambas de Carlos María Herrera.

También es de interés el conjunto de fotografías provenientes del viaje a Europa y África que efectuó la familia Batlle Pacheco entre 1970 y 1911. Al concluir su mandato presidencial José Batlle y Ordóñez se marchó a Europa junto a su familia, pasando por Francia, Holanda, Suiza, Itaia, España, Grecia, Egipto, entre otros lugares. Se conserva de ese periplo una serie de vistas estereoscópicas sobre soporte de vidrio, para cuya observación se utilizaban visores individuales de madera con aspecto de muebles, dentro de los que se podía almacenar y observar una serie de cincuenta fotografías. La particularidad de estas fotografías es la de permitir al observador percibir la tridimensionalidad de cada vista, tanto en el caso de las colecciones que se compraban hechas de los edificios y monumentos de algunas ciudades como las tomas realizadas por la familia. Estas piezas se encuentran en este momento en tratamiento para su adecuada conservación.

Además de tomas estereoscópicas y de una enorme colección de postales (algunas de ellas fotográficas), se conservan del viaje de los Batlle a Europa y África una serie de álbumes y fotografías individuales producidas con cámara doméstica. A partir de la correspondencia pudimos confirmar que incluso Ana Amalia se hallaba entre quienes producían estas imágenes a lo largo de su paso por Francia, Holanda y otros países. Es especialmente curiosa la perspectiva personal y espontánea que se observa en algunas de estas fotos, que las distancia de las típicas vistas de lugares turísticos que se encuentran en las postales y nos permite conocer algo más sobre la experiencia de la familia y sus acompañantes durante el viaje.

Es necesario mencionar que las fotografías son apenas una parte de la colección de piezas que la familia Batlle donó al Museo en la década de 1960, que incluye documentos escritos, mobiliario, objetos, vestimenta, pinturas y esculturas, estampas y cartografía, publicaciones periódicas y libros, que se conservan en la Quinta y en otros espacios del Museo y pueden ser consultados por el público en general interesado en ellos.

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Clara Elisa von Sanden
Licenciada en Ciencias Históricas por la Udelar, maestranda en Historia Rioplatense (FHCE-Udelar), con una beca de maestría del programa Posgrados Nacionales de ANII. Es investigadora en el MHN y docente del Departamento de Historia del Uruguay (FHCE). Corresponsable de cinedata.uy. Integra el Núcleo de Investigación y Preservación del Patrimonio Fotográfico Uruguayo. Es coautora de los libros Fotografía en Uruguay. Historia y usos sociales (2011 y 2018).

 

 

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