El ser uruguayo implica ser nostálgico. De hecho, hemos acuñado la famosa “noche de la nostalgia” como algo propio, identificatorio de nuestra idiosincrasia. Siempre vinculado a la música como elemento fundamental, a los bailes, a las noches de festejo con amigos cada 24 de agosto. Y es que somos así: nostálgicos.
Ahora bien, ¿qué significa para cada uno de nosotros la nostalgia? Para los veteranos, rememorar sus años dorados, cuando el esqueleto les permitía las salidas hasta la madrugada, los bailes y los tragos con amigos. Los paseos por la Rambla, las chelas con los gomias, los puchos y esa cadencia de bossa.
Para los no tan jóvenes tal vez implique recordar los años de estudiante en los que “se empezaba a ser joven”, se asomaba a la vida de adultos y los permisos pasaban a la autonomía. La primera vez que entraron a ver una peli prohibida para menores de 18. El primer beso, la primera novia y la primera vez.
¿Y qué puede significar nostalgia para quienes no llegan a 10 años de vida? Todo es respetable. Incluso referirse a ella como el recuerdo de un regalo de Reyes o la vez cuando empezamos a jugar al fútbol en el cuadro del barrio y nos dieron la primera camiseta.
LA VERDADERA NOSTALGIA
Cada uno, con su vida, sus recuerdos y sus tropezones, va dando a la nostalgia una forma definida. Tal vez la famosa nostalgia uruguaya vaya por los senderos de la música, donde se cultivaron por décadas, modas, ritmos, grupos y formas de comunicación no verbal. Cuando se compraban los long play y se escuchaban en los pasadiscos. Esa carrera por tener más sobres de los Iracundos, los Ángeles negros y los integrantes del Club del Clan o las bandas de la cumbia, aquella, la verdadera. La de Sonora Borinquen o Combo Camagüey. O los codiciados Plateros.
Pero la verdadera nostalgia es el recuerdo de algo que ya no está. De algo que tuvimos o disfrutamos y que por distintas razones hoy no.
Las manos arrugadas del abuelo, trabajador incansable, inmigrante que vino a estas tierras a buscar el futuro de la familia. Y esas manos eran el reflejo de su trabajo. Morenas, fuertes y ásperas, pero lograban la tersura en una caricia.
El olor a sopa de la abuela, que llenaba el aire de la casa. Su delantal florido, el pañuelo en la cabeza y la montaña de cáscaras de papas, boniatos y zanahorias que reposaban en la mesada de madera.
La tina donde las madres lavaban la ropa. Encorvadas sobre el piletón, con jabón Bao y los tachos donde enjuagadas, esperaban las prendas para ir a la cuerda y secarse al sol.
Los chocolates que regalaban los tíos. Esos que eran los más ricos del mundo porque venían escondidos. Generaban ese sentimiento de complicidad con esos seres increíbles, divertidos y desestructurados.
PLACITA, BICIS Y AMIGOS
La placita del barrio donde íbamos cada tarde a andar en bici. Generalmente con la custodia de padres o abuelos. Pero los más lindos eran cuando nos dejaban ir solos. “Con mucho cuidado eh”, rezaban los padres. “Y a volver temprano, que no te tenga que llamar”, recalcaban las madres.
Los primos, esos hermanos con los que no nos peleábamos, compartíamos nuestras figuritas, los autitos y jugábamos incansablemente a las bolitas. Las tardes nos parecían cortas, sobre todo cuando llegaba la hora de irse.
Los amigos de la adolescencia, que jurábamos eran amistades para toda la vida y esa misma vida nos demostró con los años que no era así. Es que los intereses personales, las vicisitudes, las opciones van marcando distintos caminos. Y estos se van distanciando para generar nuestro propio destino.
LA ANTI NOSTALGIA DEL FUTURO
Seguramente en las generaciones que vendrán no será nostalgia el COVID, las inundaciones, sequías y falta de agua potable, los recortes a la educación y las luchas intestinas con mártires estudiantiles y agresiones a docentes. No serán nostalgia los quebrantos económicos, el cierre de fábricas y los altos índices de delincuencia.
La lista de vicisitudes sería interminable. Pero lo más importante, lo que se rescatará seguramente, será la humanidad en esa lucha constante por vencer los obstáculos y los artificios para lograrlo.
Entonces volveremos otra vez a la música, forma universal y única capaz de salvar al mundo.


