16 de Junio del 2025
Laura Manzino
Cooperativa de mujeres rurales
Feminismos en el Uruguay profundo
Mujeres tejedoras
Mujeres tejedoras
Foto: Ignacio Escobilla

Lejos de Montevideo, mujeres rurales se organizan para defender sus derechos y construir redes de apoyo. Esta es la historia de una de sus referentes y de un proceso que promueve la autonomía económica de aquellas mujeres, a través del trabajo cooperativo.

Uruguay comenzó a gestarse como nación desde la primera mitad del siglo diecinueve. A partir de ese momento, y en medio de avatares históricos y sobre todo de muchas contradicciones, llegamos al siglo XXI.  Entre estas últimas, una que nos ha acompañado desde los orígenes hasta el momento actual, tiene que ver con la dicotomía campo-ciudad. Nuestra capital, Montevideo, nació mirando al mar y de espaldas al resto del territorio. Exaltando siempre nuestros orígenes europeos hemos preferido poner la mirada en el afuera en lugar de mirar hacia adentro, negando una parte muy importante de nosotros mismos.

Si bien, esta mirada centralista se ha ido matizando, todavía existen muchas brechas y prejuicios. Por ejemplo, cuando nos referimos a temas como los derechos colectivos y a la resistencia frente a las injusticias e inequidades que existen en nuestra sociedad, se suele pensar que es en la capital donde los ciudadanos están dispuestos a trabajar colectivamente, mientras que el resto del país tiene una postura pasiva y conformista.

 Sin embargo, basta adentrarse unos días en el Uruguay profundo e interesarse por su realidad, para saber que en el territorio todo, hay muchas personas que diariamente llevan adelante acciones con la intención de lograr entornos más igualitarios y no solo para ellos y sus familias, sino para toda la comunidad.

Mujer tejedora

Uno de estos ejemplos, es el proceso de conformación de una cooperativa de mujeres tejedoras en el nordeste del país. Allí, en la octava sección del departamento de Cerro Largo, en el límite con Treinta y Tres, vive Maris Cappiz en un campo arrendado a Colonización junto con su esposo y una de sus hijas. Basta compartir unas horas con la familia, para darse cuenta de que se trata de personas trabajadoras de toda la vida, que han salido adelante con mucho esfuerzo y que encarnan el espíritu con que fue creado el Instituto de Colonización promediando el siglo XX. En aquel momento fue pensado como una herramienta maravillosa que perseguía el sueño de que el campo uruguayo no se despoblara y que los paisanos más humildes tuvieran una porción de tierra, en la que pudieran trabajar para sí mismos y con dignidad.  Escuchar a Maris Cappiz mientras relata su historia de carencias y de trabajo, el proceso que vivió todo el núcleo familiar hasta convertirse en colonos, y todas las mejoras que han ido logrando desde entonces, reivindica aquel sueño, inspirado en las mejores tradiciones del ideario artiguista.

"No era mucho, pero para nosotros, que no teníamos nada, era una cantidad”

Maris nos cuenta que no pudo estudiar, sin embargo, sus relatos logran cautivar a todo aquel que se acerque a escucharlos. Desde la bicicleta con la que iban a buscar la canasta del Instituto Nacional de Alimentación (INDA), las largas filas que tenían que hacer por un kilo de harina, azúcar y polenta. “No era mucho” nos dice y agrega “pero para nosotros que no teníamos nada era una cantidad”. Mientras tanto trabajaba como limpiadora en la escuela agraria de Santa Clara y hacía arreglos de costura, y su esposo trabajaba toda la semana en una estancia. Un día una psicóloga de la escuela de las niñas le dijo a Maris que las niñas estaban extrañando mucho al padre y que tendrían que hacer “vida en familia”. Maris le preguntó que quería decir eso. A partir de entonces, empezaron de nuevo trabajando los dos en un establecimiento. El dueño les prestaba un caballo para que las niñas fueran a la escuela, pero le había dicho a Maris que a ella no podía pagarle un salario.

A partir del 2006 habían comenzado a funcionar en todos los departamentos del país, las Mesas Interinstitucionales de Políticas Sociales que popularmente se conocían como mesas de Desarrollo Social. Maris nos cuenta que empezó a participar de estas mesas después del 2012, y entró en contacto con otras mujeres de distintas zonas que también participaban. Para eso, el esposo le consiguió una moto. A esos espacios de participación llegaban distintos profesionales que entre otros temas comenzaron a hablar sobre los derechos de las mujeres. El contexto para pensar y llevar a cabo políticas feministas que permitieran la mejora en las condiciones que vida de las mujeres era muy complicado.  La mayoría no recibía ningún salario y en un contexto fuertemente patriarcal, muchas debían soportar malos tratos ya que no tenían independencia económica con que sustentarse a ellas ni a sus hijos.  

Maris cuenta que esto la inspiró para salir a hablar con otras mujeres, a pesar de que su único estudio había sido la escuela. Las organizó y comenzaron a participar en varias mesas de desarrollo. En esas instancias muchas mujeres se le acercaban y le contaban sus problemas. Sin buscarlo, Maris se estaba convirtiendo en su guía.  La llamaron para hacer un curso para referente territorial y así es que fue como representante de Cerro Largo y Treinta y Tres. 

 Soñaba con organizar el día de la mujer rural en Cerro Largo y Treinta y Tres.  Ese día, el 15 de octubre, había sido consagrado por la Organización de Naciones Unidas en el año 2007. Su origen fue impulsado especialmente por grupos de mujeres de países subdesarrollados que buscaban visibilizar las desigualdades que enfrentan, entre ellas: el acceso desigual a la tierra, las cargas desproporcionadas de trabajo no remunerado y la exclusión en la toma de decisiones políticas y comunitarias, entre otras.

Si bien, en varios lugares del Uruguay profundo se conoce y se conmemora esa fecha, a nivel capitalino es prácticamente inexistente. Para Maris era parte de un proceso que ayudaría a que las mujeres se congregaran, y visibilizaran su situación y sus reivindicaciones de género. La primera vez se hizo en Santa Clara. Nos cuenta con mucho orgullo que llegaron al lugar cinco ómnibus con mujeres de Cerro Largo y Treinta y Tres.  Luego, lo siguieron organizando todos los años en distintas localidades pequeñas como Tupambaé.

Mujeres tejedoras

Cuando se refiere a los comienzos de este apoyo a mujeres en proyectos para lograr arrendar tierras de colonización, o formar cooperativas de tejedoras, Marys acude a sus ancestras. “Mi madre es hija de india” y su abuela materna hacía trabajos en hilado.  Si bien no pudo casarse con su abuelo porque estaba prohibido el casamiento con indígenas, vivieron juntos toda su vida y la madre de Maris, continuó la tradición del hilado.  Más tarde, Marys, su hermana y su madre fueron a la UTU y aprendieron más profesionalmente el oficio, que durante mucho tiempo ayudó para mejorar la comida que llevaban a la mesa familiar.

Ya cuando empezó a participar en las mesas de desarrollo logró la aprobación de un proyecto por el que se compraron telares, bastidores de distinto tipo, ruecas y lana. De esta forma se formó la primera cooperativa en Santa Clara. En la actualidad organizó también a un grupo de mujeres en Melo, Fraile Muerto, y Vichadero entre otros y hoy participan de ferias, incluso binacionales donde venden sus productos

 Hasta el día de hoy sigue trabajando con el objetivo de ayudar a la conformación de nuevas cooperativas. Es difícil, nos cuenta, porque hay estructuras que están fuertemente arraigadas y son muy difíciles de derribar.   Sin embargo, conversando con Maris, con su apertura y su facilidad de palabra, entre mates acompañados de pastafrola casera alrededor de la cocina a leña, todo hace pensar que un mundo mejor es posible.