El deterioro ambiental en uno de los ecosistemas más sensibles de Maldonado expone las debilidades en la gestión pública y el rol de la organización social. El activista Pablo Pereira(Maxi Oruga), advierte sobre la pérdida de monte nativo, la contaminación y la falta de políticas sostenidas.
El ecosistema del arroyo Maldonado atraviesa uno de sus momentos más críticos. Lo que comenzó como un proyecto de divulgación científica para Pablo Pereira, conocido popularmente como “Maxi Oruga”, se transformó con el tiempo en una denuncia sostenida sobre el deterioro ambiental y en una forma de activismo territorial frente al avance de la urbanización y la falta de controles.
Pereira es divulgador científico, realizador audiovisual y guía de avistaje de aves. En el último tiempo, su trabajo se ha volcado al activismo ambiental, con foco en la protección de ecosistemas locales, particularmente el humedal del arroyo Maldonado. Integra la agrupación Espátulas Rosadas, desde donde impulsa acciones de limpieza, monitoreo y sensibilización.
La entrevista fue realizada por el portal APU.uy, en el marco de una serie de contenidos sobre ambiente, territorio y organización social.
¿Cómo fue ese paso de la divulgación científica al activismo?
Fue bastante reciente. Hace poco más de un año que empecé con el activismo.
Yo frecuentaba mucho el arroyo Maldonado desde chico. Crecí yendo a ese lugar, que en ese momento era una especie de espacio de recreación, incluso con prácticas que hoy entiendo como problemáticas. No nacemos con conciencia ambiental, eso se aprende.
Con el tiempo empecé a entender el ecosistema, a conocer las especies y a valorar el lugar. En un momento, incluso lo dije en voz alta: que si algún día había que defender ese lugar, lo iba a hacer.
Poco después empezó un relleno irregular en unas piletas de decantación, y eso generó un conflicto con la Intendencia de Maldonado. Ahí fue donde entré en el activismo, sin buscarlo.
¿Qué pasó en ese conflicto?
La Intendencia sostuvo inicialmente que el relleno no era perjudicial, pero las inspecciones del Ministerio de Ambiente detectaron irregularidades. Se solicitó el cese de las actividades y se aplicaron sanciones.
Sin embargo, en una primera instancia esas observaciones fueron desestimadas. Recién más adelante, con cambios en las autoridades, se retomó el proceso y se exigió que se cumpliera con medidas que estaban pendientes desde 2015, como la restauración del área.
¿Cómo continúa hoy esa lucha?
Hoy estamos en una etapa distinta. Se está trabajando en un plan de manejo para el ecoparque del arroyo Maldonado, con participación de la Intendencia y organizaciones.
Hay más apertura al diálogo, lo cual es positivo. Pero el problema sigue siendo estructural: falta continuidad en las políticas ambientales. Cada cambio de gobierno puede significar empezar de nuevo.
¿Cuál es la situación actual del humedal?
Es crítica. Es un humedal con mucha presión, sobre todo por la urbanización.
Y hay múltiples problemas: descargas de aguas residuales que terminan en el arroyo, falta de control (no hay guardaparques ni presencia suficiente), caza ilegal y extracción de fauna, contaminación por residuos, presión del pastoreo, impacto de especies invasoras.
Además, las cañadas que desembocan en el humedal funcionan como canales de contaminación.
¿Qué está pasando con esas cañadas?
Son un problema grave. Muchas reciben residuos domiciliarios y aguas servidas. Desde la agrupación “Espátulas Rosadas” estamos limpiando una de ellas, pero es un trabajo muy duro y constante. Hemos sacado desde electrodomésticos hasta residuos muy antiguos.
El problema es que, si no hay políticas de control, educación y sanción, el esfuerzo se vuelve cíclico: limpiás y al poco tiempo vuelve a estar igual.
¿Falta normativa o falta aplicación?
Ambas cosas. Falta regulación específica en algunos casos y también falta control.
Por ejemplo, tirar residuos en determinados lugares puede ser sancionado, pero en las cañadas no siempre está claro o no se fiscaliza. Y además, las sanciones muchas veces no generan un cambio real.
También has denunciado el avance sobre el monte nativo. ¿Qué está pasando ahí?
El monte nativo está en una situación muy delicada. Se estima que queda entre un 3% y un 5% del total original. Se siguen haciendo desmontes, por ejemplo para viñedos u otros desarrollos productivos. Eso genera pérdida de biodiversidad y desequilibrios en los ecosistemas.
Las especies nativas pierden su hábitat y terminan desplazándose o desapareciendo. Incluso se generan problemas nuevos, como el aumento de ciertas especies que se adaptan a ambientes modificados.
¿Por qué es tan difícil recuperar ese monte?
Porque no crece al mismo ritmo que las especies introducidas. Además hay menos dispersores de semillas (aves, mamíferos), el pastoreo impide la regeneración. Muchas especies tienen ciclos de crecimiento muy lentos
Un ejemplo claro son las palmeras: pueden tardar mucho tiempo en germinar y luego ser destruidas en segundos por el ganado.
¿Existe protección legal para el monte nativo?
Sí, pero es insuficiente o inconsistente en la práctica.Se puede multar por tala, pero al mismo tiempo se permiten actividades que implican desmontes en predios privados. Entonces hay una contradicción. Falta una política clara y sostenida de conservación.
¿Cómo evaluá la política ambiental en general?
Creo que hay una falta de rumbo claro. No se percibe una estrategia coherente ni una integración real de las demandas sociales y ambientales. Muchas decisiones generan rechazo incluso en sectores que históricamente apoyaron a esos mismos espacios políticos.
También hay un problema de base que es la falta de conocimiento ambiental en quienes toman decisiones.
¿Y en el sistema judicial?
También hay carencias. Muchos casos ambientales quedan en manos de personas sin formación específica y eso limita la posibilidad de una justicia efectiva en estos temas.
Con este panorama, ¿hay motivos para el optimismo?
Sí. Lo más positivo es que la gente se está involucrando. Hay más movilización, más conciencia y más acción directa. Personas organizándose, limpiando espacios, defendiendo territorios. Esa presión social puede incidir en las políticas públicas.
¿Cómo puede colaborar la gente con ustedes?
Lo principal es sumarse con trabajo. Desde la agrupación “Espátulas Rosadas” estamos limpiando cañadas que desembocan en el humedal. Es un trabajo muy exigente y necesitamos manos. También sirven herramientas o apoyo económico, pero lo más importante es la participación.
Nos pueden encontrar en Instagram como @espatulasrosadas.
Para cerrar, ¿qué mensaje te gustaría dejar?
Que no siempre hay que esperar a que el Estado actúe. La ciudadanía puede y debe involucrarse. Estamos en un momento crítico, pero todavía estamos a tiempo de revertir muchas cosas si actuamos colectivamente.


